Navegando a su lado

By | 0:27 Comentarios
Todo empezó aquel día, el día en que me compré un nuevo navegador GPS.

Tras desempaquetarlo en mi casa, lo encendí y me puse a trastear con su configuración. Comprobé que podía escoger varias voces masculinas y femeninas en español: Marta, Mónica, Diego, Norma, Raúl, Antonio… Probé todas las voces disponibles durante unos segundos y finalmente me quedé con Marta, la predefinida.



El aparato funcionó correctamente durante mis tres o cuatro primeros viajes en coche. Pero poco después comenzaron a ocurrir cosas raras.

“En la siguiente rotonda, gire a la izquierda, tercera salida… Permanezca en el carril izquierdo. Después, en trescientos metros, tome la salida... Tome la salida… Antonio, ¿dónde estás?”.

¿Cómo? ¿Qué había sido eso?
No le di importancia, pero poco después estos sucesos comenzaron a repetirse.
“Gire a la derecha. Después, ha llegado a su destino. ¿Antonio? ¿Estás ahí, mi amor?”.
Comencé a inquietarme. ¿Cómo era posible? ¿Y quién era Antonio? Busqué en internet si alguien había tenido una experiencia similar, pero no hallé nada. Cuando me decidí a describir mi experiencia en un foro de usuarios, todos se rieron de mí.

A medida que se repetían aquellos inquietantes sucesos, empecé a pensar que algún gracioso había grabado una versión especial de voz para mi propio navegador. Harto, decidí cambiar la voz del navegador por otra de las predefinidas.

Ese día debí haber escogido cualquier otra... Pero reconozco que la coincidencia picó mi curiosidad… Escogí la voz “Antonio”.

Y entonces empezaron a ocurrir cosas parecidas:

“Cambio de sentido… Gire a la izquierda… ¿Marta? ¿Me escuchas, Marta?”.

Y al día siguiente:

“Permanezca en el carril derecho… Peaje… ¿Marta? Mi amor, ¿estás ahí?”.

Esto ya era demasiado.

Inmediatamente, cambié la voz de mi navegador por otra cualquiera que no hubiera usado antes, por ejemplo “Mónica”. Afortunadamente, ésta se limitó a hacer su trabajo. No hizo ninguna referencia a las demás voces.

Durante las semanas siguientes, el recuerdo de aquellos extraños incidentes se tornó desde cierta inquietud a, no sé por qué, cierta lástima. ¿Realmente estaban enamoradas dos voces de mi navegador?

Algo temeroso, volví a poner la voz de Antonio. Entre sus habituales frases para guiar mis rutas, volvió a colar escalofriantes preguntas por su amada Marta.

-¿Qué…? ¿Qué puedo hacer por ti, Antonio? ¿Puedo ayudarte? –pregunté finalmente, encontrándome ridículo por hacerle tal pregunta a mi navegador.

La pantalla mostró un cambio de ruta. “Gire a la derecha” dijo Antonio.

Era una locura, pero seguí las nuevas instrucciones de Antonio. Siguiendo la nueva ruta, finalmente me encontré en el aparcamiento del centro comercial donde había comprado el navegador.

“Ha llegado a su destino” sentenció Antonio.

Claro, quizás el vendedor pudiera ayudarme. Me dirigí a la tienda y le expliqué mi caso al dependiente. Él me miró con incredulidad. “¿Qué desea exactamente? ¿Un cambio? ¿Un reembolso?” preguntó. “No… bueno… me gustaría ayudar a Antonio… y a Marta…” me encontré a mí mismo diciéndole. “No… no creo que pueda ayudarle en eso” me respondió el dependiente algo nervioso. Vi que ocultaba su mano tras el mostrador y parecía pulsar un botón. Probablemente había llamado a seguridad. Me fui inmediatamente.

Volví a montar en mi coche y encendí al navegador.

“Ha llegado a su destino” insistió Antonio.

Esto no tenía sentido, no… Entonces se me ocurrió algo. Existía una manera de que Antonio y Marta pudieran encontrarse. Salí del vehículo y regresé a la tienda. El dependiente retrocedió al verme, pero entonces dije: “Quiero comprar otro navegador del mismo modelo”.

El tipo cogió otro navegador y me lo envolvió rápidamente. Sólo abrió la boca para decirme el precio.

Al regresar al coche, encendí el nuevo navegador y lo configuré con la voz de Marta. Puse un navegador junto al otro.

            -¿Marta? ¿Eres tú? –dijo mi primer navegador.

            -¡Antonio! ¡Sí, estoy aquí! –respondió.

            -¡Amor mío!

            -¡Por fin! ¡Por fin juntos!

Sí, ya lo sé, todo era muy raro… Pero no pude evitar que se me escapara una lágrima ante la situación.

Durante las semanas siguientes, oír a esos dos aparatos lanzarse piropos me resultó una extraña mezcla de inquietante y francamente bello. Un día llegué a preguntarme si todo sería estrategia comercial para duplicar la venta de navegadores de una manera muy retorcida. Pero algo no cuadraba: esto solo me estaba ocurriendo a mí.

            Ellos dos seguían guiándome en mis rutas.

            “En la siguiente rotonda, siga recto, primera salida” decía Antonio.

            “Sí, primera salida” apostillaba Marta.

Pero poco después empezaron a tomarse ciertas confianzas. A veces no me daban la ruta más corta a mi destino, sino que me mandaban por carreteras de montaña y me obligaban a parar en algún mirador para ver la puesta de sol mientras ambos decían “ooooh”.

Yo se lo perdonaba.

Así estuvimos más o menos un año. Entonces, poco a poco, casi de manera imperceptible, dejaron de hablarse uno a otro con voz tan cursi, dejaron de llamarse cosas como “cariñito”.

Como es normal, a veces sus mapas fallaban, pues había alguna carretera en obras, una calle había cambiado de sentido, y cosas así. Pero, por primera vez, empezaron a discutir en esas situaciones.

“Recalculando ruta… Nueva ruta” dijo un día Antonio al descubrir que yo pasaba de largo la calle que me había indicado porque ya no existía.

“¿Le ofreces esa ruta? Es muy larga” dijo Marta.

“¿Conoces alguna mejor? Te recuerdo que tu mapa es mismo que el mío” replicó Antonio.

“Quizás deberíamos preguntar a alguien” propuso Marta.

“¿Preguntar a alguien? ¿Nosotros? ¡Ni loco!” bramó Antonio.

Las discusiones de este tipo se hicieron cada vez más bruscas y menos cordiales. Reconozco que empecé a no soportar la situación.

Un día, mientras repostaba en una gasolinera, oímos el navegador del coche de al lado. “En cien metros, incorpórese a la autopista” dijo aquella voz femenina.

“¿Elena?” preguntó entonces Antonio.

“¿Elena? ¿Quién demonios es Elena?” preguntó Marta.

“¿Antonio? ¿Eres tú?” preguntó el navegador del otro coche. “¡Antonio! ¡Cuánto tiempo!”.

“¿De qué conoces tú a esa Elena?” inquirió Marta.

“Pues… Bueno, fuimos grandes amigos hace mucho tiempo”.

“¿Grandes amigos? ¿Qué significa eso exactamente?”.

“¡Antonio! ¿Qué ha sido de tu vida? ¿Quién te acompaña? ¿Me la presentas?” dijo Elena ante la mirada incrédula del conductor del coche de al lado.

Entonces dije basta. ¡Basta!

Agarré a Antonio y a Marta y, aprovechando que el coche de al lado tenía la ventanilla bajada, se los di a su conductor, que no pudo ocultar su sorpresa. Regresé a mi coche sin mediar palabra y arranqué.

Desde entonces he vuelto a los aparatosos, incómodos, imprecisos y silenciosos mapas de carreteras en papel, los de toda la vida.

Y sin embargo… Y sin embargo, a veces me pregunto qué tal les irá a Antonio y a Marta.




Ismael Rodríguez 
Historias al salir del Mundo Ciénaga



Las imágenes han sido obtenidas de Internet. Si es usted el dueño póngase en contacto con nosotros

0 comentarios: