No estamos todos

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Mi familia me dice que la cena está puesta, que me siente. Pero yo permanezco mirando por la ventana.

En todas la nochebuenas me ocurre lo mismo. No puedo evitar recordar las nochebuenas de mi niñez.

Recuerdo cómo me despertaba ilusionado, sabiendo que era un día especial. Después de desayunar, mi padre y yo salíamos a la calle y montábamos en su viejo SEAT 127 rojo. Entonces subíamos por la carretera del monte, aparcábamos en una cuneta y recorríamos el bosque durante un par de horas. A veces estaba nevado, siempre hacía frío. Luego volvíamos a casa, donde mamá nos esperaba con la comida. Me encantaba.


Un año me dejó conducir, ni siquiera tenía todavía carnet. Aquel año sentí que me había hecho mayor.

Al año siguiente, en el día de nochebuena preferí quedar con mis amigos en lugar de continuar la tradición con mi padre. No volvimos a hacerlo. Crecí, él se hizo mayor. Nos dejó apenas unos años después.

Sigo mirando por la ventana. Ya han pasado treinta años de aquello. Me vuelven a llamar a la mesa. Pero sigue faltando alguien.

Entonces, por fin, veo un Seat 127 rojo cruzar la calle frente a nuestra casa.

Sonrío. Me siento a la mesa. Por fin estamos todos.





Ismael Rodríguez 



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