¿Cuándo llegamos?

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Mis padres abren la puerta trasera y amarran al asiento de atrás la cuna que ocupo con mi pequeño cuerpo de bebé. Me ponen un cinturón. Balbuceo. Ellos se sientan adelante. El coche arranca. Comienza al viaje.

Es un viaje largo. Noto cómo crezco por el camino. Tras algún tiempo, mis padres paran en una gasolinera para sacarme de la cuna y ponerme en una silla de niño. Continuamos. En general me lo paso bien, pero a veces me aburro y pregunto a mis padres “¿cuándo llegamos?” una y otra vez.




Algo después, vuelven a parar para poner otra cuna en el asiento a mi lado. Es otro bebé, mi hermana. También crece, y también tienen que parar algo después para ponerla en una silla. A veces jugamos, a veces dormimos, a veces nos aliamos para gritar juntos “¿cuándo llegamos?”.

Con el paso del tiempo, ambos nos hacemos grandes y ocupamos directamente los asientos de atrás.

Muchos kilómetros después, soy grande como mis padres, aunque ahora ellos tienen canas y patas de gallo. He aprendido muchas cosas, creo que ya puedo conducir yo mismo. Algo más tarde salimos de la autovía y entramos en una tienda de coches usados. Tengo que escoger uno. Me abrazo a mis padres y monto en mi propio coche. Siento cierta tristeza, pero me dicen que durante bastantes kilómetros podremos circular juntos por la autovía.

Conduzco solo durante bastantes kilómetros. Entonces vuelvo a parar en una gasolinera. Encuentro una chica y le digo que continúe su viaje en mi coche. Acepta.

Poco después paramos para poner una cuna de bebé en el asiento de atrás. Luego otra. Y algo más adelante paramos para coger un coche más grande, uno en el que quepa la tercera cuna. Los otros dos bebés ahora son niños que van en sillas. Ahora son ellos los que me dicen a mí “¿cuándo llegamos?”. ¡Qué prisa tienen!

A lo largo del viaje, de vez en cuando nos ponemos en paralelo con el coche de mis padres y les saludamos desde nuestro carril. Son ya muy mayores.

Algunos kilómetros después veo que el coche de mis padres coge un desvío. Algo más tarde el coche vuelve a alcanzarnos. Observo que ahora sólo va mi madre. Siento gran tristeza.

Poco después su coche vuelve a tomar un desvío, pero esta vez ya no volvemos a verlo. Se me cae una lágrima. Intento que no se me note.

Durante los siguientes kilómetros hacemos tres paradas para que nuestros hijos, ya mayores, salgan del coche y vayan montándose respectivamente en sus propios coches. Su madre y yo sentimos tristeza cuando vemos los asientos de atrás vacíos.

A veces los coches de nuestros hijos circulan en paralelo al nuestro, en el carril de al lado. Poco a poco, vemos cómo van llenando sus asientos de atrás de niños.

Ella y yo ya somos muy mayores. Durante una parada en una gasolinera, vemos en el mapa que tendremos que desviarnos pronto de la autovía. Ella tendrá que bajarse. Lloro. Ella me enjuga las lágrimas.

Nos desviamos. Al llegar a una carretera secundaria, paramos y ella se baja al arcén. Me da un beso de despedida, su viaje termina aquí. Vuelvo a arrancar al coche entre sollozos.

Entonces regreso a la autovía. Ahora circulo solo. El asiento delantero a mi lado está vacío. También están vacíos los asientos de atrás. El coche se me hace muy grande.

Dentro de muy poco tendré que tomar mi propio desvío. Ha sido un viaje largo.

A veces recuerdo tantas veces que pregunté “¿cuándo llegamos?” a mis padres. Y ahora, a punto de llegar al destino, me pregunto a qué venía tanta prisa por crecer, por llegar

Tantos, tantos kilómetros recorridos…

Qué demonios, creo que lo he disfrutado.




Ismael Rodríguez 



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