El piloto heroico

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Probablemente haya leído usted la historia de Pinocho. Pero seguramente leyó usted una versión falsa, una mentirosa. ¿Cómo saber cuál leyó? Es sencillo: ¿cómo aparecía Pinocho en la portada del libro? ¿Con la nariz grande? Entonces ésa era una versión de mentira. Cuanto más grande sea la nariz, más mentirosa es la versión. No, la versión verdadera muestra en la portada un Pinocho sin nariz. Ésa es la única versión que no miente en absoluto. Se la voy a contar.



Como suele ocurrir cuando resulta conveniente inventar una mentira, la verdadera historia deja a Pinocho en peor lugar que la versión falsa, mucho más conocida. Efectivamente, Pinocho fue creado en Italia por Gepeto. Pero el objetivo de la pobre marioneta nunca fue convertirse en un niño de verdad, no. Desde que aprendió a conducir con dieciséis años, descubrió que al volante sus movimientos eran fluidos, todo lo contrario de lo que eran sus desgarbados andares de maniquí animado en tierra, motivo de burlas desde la infancia. Así que convirtió la conducción en su pasión. Tras participar en algunos campeonatos juveniles, decidió que de mayor quería ser piloto de fórmula uno.

Tres años después Pinocho marchó a Maranello, a unos pocos kilómetros de su pueblo natal, con la intención de que la gran escudería de fórmula uno le fichase. Allí fueron muy reacios a contratar a un muñeco de madera. Finalmente, tras mucho insistir, ofrecieron a Pinocho un contrato de “probador de vehículos”.
Pinocho estaba emocionado, era la oportunidad que buscaba. Si demostraba ser un buen probador de los vehículos de venta al público, algún día le dejarían probar los fórmula uno. Y entonces, quién sabe, quizás algún día lograse competir.

El primer día de trabajo, Pinocho entró en el vehículo asignado y se sentó en el asiento del piloto. Descubrió que otros maniquíes como él ocupaban los demás asientos. ¿Por qué iba acompañado?

Entonces los demás maniquíes comenzaron a gritar al unísono “¡al muro! ¡al muro! ¡al muro!”. Pinocho no sabía a qué se referían. Los maniquíes señalaron adelante: a unos doscientos metros en línea recta había un gran muro. Sin que Pinocho pisara ningún pedal, el coche se puso en movimiento automáticamente.

“¡Al muro! ¡Al muro! ¡Al muro!” gritaban alegres los maniquíes mientras el coche aceleraba rápidamente en dirección hacia el muro. Aterrado, Pinocho trató de girar el volante para evitar el choque, pero éste no se movía.

El coche chocó a gran velocidad contra el muro. Los airbag y el cinturón salvaron la vida a Pinocho, aunque su nariz se rompió de cuajo. Algunos de sus compañeros salieron mucho peor parados, incluyendo varios desmembramientos. Sorprendentemente, los maniquíes seguían de buen humor. “Ha sido buena esta vez, ¿eh?” dijo uno.

“Un momento…” dijo Pinocho mientras comprendía. “¡Soy un dummy! ¡Me han contratado como muñeco para testear la seguridad de los coches en los accidentes!”.

“¿Cómo estás, probador?” dijo un empleado a Pinocho mientras analizaba el estado de todos los ocupantes, que se esparcían caóticamente por el amasijo de hierros en el que se había convertido el vehículo.
Pinocho no estaba nada bien. Había perdido su nariz. Pero, sobre todo, había perdido su orgullo.
“Bien” mintió.

Justo entonces le creció una nueva nariz.

Pinocho quedaría irremediablemente desmembrado en otro test, apenas tres semanas después. Sus restos fueron tirados al mar.

Quién sabe. Es posible que se los comiera una ballena.

(Dedicado a todos los sacrificados y heroicos dummies. ¡Gracias por ayudar a los fabricantes a salvar vidas!)


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