Semáforo en rojo

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Última carrera de la temporada. El mundial de pilotos está en juego. Mi rival y yo, primero y segundo en la clasificación y en la parrilla de hoy, nos miramos fijamente. El semáforo está en rojo. Faltan segundos para la salida.


Mi equipo sabe que una buena salida puede suponer media una carrera, así que hemos entrenado el arranque hasta lo enfermizo. Primero, el equipo invirtió millones en perfeccionar la aceleración de mi vehículo. Entonces, cuando comprendieron que difícilmente podrían mejorar más aún, decidieron que mejorarían mis reflejos. Una capacidad de respuesta milésimas de segundo más rápida me daría una ventaja sensible en la salida.

Entonces contrataron a aquel tipo extraño, una especie de gurú, o monje, o algo así. Nadie sabía de dónde venía. Se presentó diciendo que podría mejorar mis reflejos hasta el extremo y le ficharon.

El tipo me habló de unas antiguas, muy antiguas técnicas de concentración. Me dijo que, con entrenamiento, podría mejorar mi concentración hasta alcanzar un “éxtasis de focalización”, como él lo llamaba, que me permitiría sentir el mundo pasar a cámara lenta a mi alrededor. Me explicó que, con más entrenamiento aún, dicho éxtasis podría hacerme sentir ralentizarse el tiempo tanto como quisiera, sin límite. Así podría reaccionar al semáforo en verde más rápido que mi rival.

Hace unos días supimos que otro gurú similar, otro tipo igual de extraño, se había ofrecido al equipo de mi rival para enseñarle la misma técnica. Decidí entonces entrenar muchísimo, para que así mi propio “éxtasis de focalización” fuera superior al de mi rival.

Ahora, ante el semáforo en rojo, apenas segundos antes de la salida, mi rival y yo nos miramos fijamente. Comenzamos a concentrarnos, sentimos ralentizar el tiempo a nuestro alrededor. Veo cómo el público se mueve más lentamente, las banderas ondean más despacio. Cada uno sabe que, para contar con ventaja sobre el otro, deberá ralentizar su percepción del tiempo más que su rival.

Entonces siento algo que jamás alcanzado en mis entrenamientos. Alcanzo un éxtasis de focalización perfecta. Percibo que mi rival también lo ha alcanzado.

Literalmente, ambos hemos detenido completamente nuestra percepción del tiempo en el mundo que nos rodea.

El semáforo sigue en rojo.

Entonces me doy cuenta. Entonces mi rival se da cuenta. Jamás podremos movernos para salir de este estado. El semáforo ante nosotros estará en rojo para siempre. El tiempo estará parado a nuestro alrededor para siempre.

Aunque los ojos de mi rival obviamente no cambian, sé que ahora le inunda el mismo terror que a mí.
Nos espera a ambos, a los dos pilotos más veloces del mundo, una eternidad ante un semáforo en rojo.

Aun estando condenado a vivir por siempre en este universo eternamente inmóvil, juraría que ahora mismo estoy sintiendo cómo esos dos gurús nos miran y se ríen.




Ismael Rodríguez 


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